30 de agosto de 2018
Pesadilla profunda
La peor hipótesis, imposible de imaginar en las vísperas, se dio en el Monumental. Perdimos casi sin sacar la cara...
Asà son las pesadillas: cuesta despertarse y son generadas por uno mismo. SÃ, ellos pueden haber jugado y sobre todo craneado un buen partido, pero nosotros fuimos los excluyentes protagonistas de este desastre. Empezando por el Chacho, que si bien no quemó su idea de nunca esperar, volvió a tropezar con la piedra de la ida: la espaldas de Nery, el bajón de Neri Cardozo y un Zaracho que no encuentra su mejor posición. Pero siguiendo con otras carencias más insólitas: falta de energÃa para ir a todas, falta de concentración salvo para dormirnos -en el primero, Soto; en el segundo, una de Cardozo inexplicable hasta en Saturno-, de ideas para inventar -la pieza clave, Centu no estuvo, salvo para honrar sus peores tradiciones-, de ánimo para no caernos ante el primer gol salvo esa de Zaracho contra el innombrable amurallado y de personalidad para rebelarnos y hacer pesar la camiseta.
El único partido fue el equipo, quebrado en sus lÃneas y más indolente que insolente, como si no fuera la super-final que todos sentÃamos que se jugaba y era el trampoiÃn que podÃa hacer explotar al equipo. En vez de trampolÃn, fue un tobogán, del que caÃmos una y otra vez al pozo. Defendimos como si no estuvieran juntos muchos meses, con Saravia y Sigalli irreconocibles, como sucede siempre en las pesadillas. El medio fue una autopista, pero para ellos, que siempre quebraron la lÃnea fácil. Y adelante ni presionamos la salida ni creamos netas, porque Licha y Bou no estuvieron a tono, como todo el resto, de la épica copera imprescindible. No sonó nunca el despertador. Sin juego ni fuego. Va a ser difÃcil despertar de esta pesadilla, olvidarnos de esta pelÃcula de terror.
